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Hacia un estado post-ético
5 de Junio de 2010
La Ética es la disciplina filosófica que trata, analiza y
evalúa el comportamiento moral del hombre. Su función consiste en
fomentar la virtud y excluir todo lo que se oponga a ella. Desde un
punto de vista teórico constituye la dimensión práctica de la Filosofía.

Conviene distinguir entre Ética y Moral dejando
claro que hay tantas morales como individuos, agrupaciones,
instituciones, sociedades, religiones, etc., pero éticas sólo hay una,
la cual debe orientar todo código moral ya sea individual o colectivo.
En otras palabras, la moral se encarga de orientarnos en los quehaceres
y elecciones cotidianas, mientras que la Ética nos orienta desde la
universalidad, situándose, en consecuencia, por encima de cualquier
sistema moral, ya que su campo de reflexión es más amplio y profundo que
el de la simple moral, cuyo análisis es más particular y subjetivo. En
este sentido, la necesidad de una reflexión ética se genera en el
interior de la persona, en el deseo de alcanzar la objetividad superando
la subjetividad, mediante el proceso que trasciende al propio individuo
dada la naturaleza relacional de éste orientada hacia los demás.
Ocuparse del hombre implica hacer Filosofía en
cuanto que las respuestas son el resultado de la existencia de la
preguntas.
Es cierto que la Ciencia nos ha ofrecido una visión
interesante del hombre y de su mundo, pero no deja de ser una
perspectiva parcial puesto que no ofrece respuestas concluyentes y
finales sobre la identidad del hombre. Sin embargo, no hay que desdeñar
la valoración científica acerca del ser humano, porque no deja de ser
una interpretación adecuada, si bien, fragmentada de la esencia humana.
Es la reflexión filosófica la única que por sus propias características
puede suministrar una visión íntegra y totalizante acerca de lo que el
hombre es. Cierto es que, a diferencia de la Ciencia, la Filosofía no
usa de manera absoluta el método empírico, pero también por ello no se
encuentra encorsetada en conceptos altamente reduccionistas y
unilaterales. Por otro lado, la Ciencia a pesar de caracterizarse por su
empirismo no puede evitar formularse preguntas, por lo que Hegel en su “Fenomenología
del Espíritu”, ya afirma que “para llegar a
ser científica la Ciencia tiene que ser filosófica”.
A lo largo de toda su vida la característica más
uniforme del hombre es su dependencia o necesidad. Hay filósofos que
consideran que esa condición humana es previa a su dimensión social. Es
más, forma parte de su condición óntica, es decir, que al ser del hombre
pertenece constitutivamente el no-ser. Y dado que el hombre es un ser
deficitario en lo que se podría considerar su totalidad estructural,
necesita organizar su vida y procurar satisfacer sus necesidades
materiales y espirituales. Dicha organización vital le condiciona hacia
los demás y lo vincula como un ser social. Esas necesidades pueden
dividirse, grosso modo, en dos: necesidades naturales y necesidades
artificiales. Las primeras son consustanciales a su propia condición de
ser natural; las segundas son el producto del desarrollo y del entorno
histórico. Curiosamente cuanto más se desarrolla una civilización en su
contexto cultural histórico, más se acrecientan cuantitativa y
cualitativamente las necesidades artificiales. Esto ocurre especialmente
si ese desarrollo tiene un alto componente tecnológico que conlleva un
mayor bienestar material, confort, bienes materiales y, en realidad,
todo aquello no previsto por la naturaleza.
No obstante, y dado que el hombre es, entre
otras cosas, un animal utópico, siente la necesidad de mejorar su
destino y de imaginar un mundo mejor. En la tarea de constituirse como
un ser digno de vivir su existencia, según unos valores coherentes entre
sus anhelos, sus debilidades y sus utopías, el ser humano percibe de
forma consciente y racional que necesita una hoja de ruta segura y
fiable, la cual no sería otra que aquella que le oriente objetivamente
en eso que podemos llamar el devenir de la existencia. Es precisamente
aquí donde entraría en juego la reflexión personal, fruto de la
volición, para caer en la cuenta que una vida humana sólo se hace
merecedora de su dignidad implícita cuando empieza a descubrir aquellos
valores por los que merece la pena vivir, luchar y sacrificarse, ya sean
la familia, la amistad, el amor, la libertad, etc. Más aún, si la
reflexión adquiere la suficiente profundidad, si realmente se quiere
intentar alcanzar la objetividad plena de esos valores tan deseables,
(para sentirnos tan coherentes y dignos en relación con nuestra
condición antropológica), entonces necesitamos superar la subjetividad
de un individualismo que puede convertirse en peligroso, para alcanzar
el objetivismo que pueda enarbolar la universalidad de lo que realmente
necesitamos, para ser no sólo animales que satisfacemos nuestras
necesidades naturales, sino también nuestras necesidades espirituales en
tanto que hombres racionales. En otras palabras, tenemos que pasar de
los planteamientos morales a los designios de la Ética. Es la diferencia
entre opinión y valoración, entre tomar la justicia de nuestra mano o
comprender que la Justicia es un valor que evita que alguien, con afán
de venganza se convierta en un delincuente o en un asesino. De ahí que
todos los fanatismos ideológicos del tipo que sean consideren que el
fin justifica los medios, y que en nombre de esta premisa moral que
no ética, la Historia nos tenga, lamentablemente, acostumbrados a
barbaries de todo tipo: terrorismo, grupos políticos radicales,
pandillas juveniles, iluminados religiosos, por poner algunos ejemplos
del absurdo de confundir la Moral con la Ética.
Y puesto que necesitamos descubrir el valor de
la Ética con todo su poder trascendente para que el hombre no se quede
limitado a sus miras particulares, el único medio para conseguirlo es a
través de la educación, que tiene como principal función dominar
nuestros instintos destructivos y potenciar la parte elevada de nuestro
ser. En la actualidad, el sistema y la ideología imperantes utilizan
como estrategia específica la de identificarnos personalmente con los
conceptos de evolución y progreso, ocultando que detrás de esta
transformación social e individualmente positiva se esconde la
reproducción y continuidad de la vieja dialéctica entre dominio y
subordinación. De ahí que Wittgenstein nos hablase del malestar de la
cultura para avisarnos de que el progreso no siempre es positivo ni
bueno y que puede convertirse en un elemento atroz contra la
supervivencia del ser humano en un medio natural que tiene cada vez más
de artificial y que suscita necesidades falsas y erróneas que
experimentamos como necesarias y de primer orden. Basta pensar en la
destrucción de la capa de ozono, el cambio climático, la energía nuclear
al servicio de los proyectos de armamento de algunos países, etc.
Resulta sorprendente que en los países
occidentales, paraíso del materialismo,
el consumismo y de las
manipuladoras campañas publicitarias, cada vez sea el mayor el número de
personas que sienten los zarpazos del vacío existencial, del sinsentido
de la vida, de la soledad negativa que induce al aislamiento y a los
pensamientos destructivos… En realidad es la angustia, reflejo de
nuestra libertad, que se instala en el interior, la que anuncia el
reconocimiento de la imperfección del hombre. El miedo adviene en el
juego de la vida y provoca que el hombre sienta la incertidumbre y el
malestar interior que tanto le hunde en sus miserias. Esas miserias se
acoplan en la rutina cotidiana, nos inducen a estados de alerta,
inquietud o tensión nerviosa, que son modos atenuados de nuestro miedo
original. El hombre del siglo XXI que vive en sociedades de desarrollo
intenta autoliberarse del miedo creando formas de vida y de convivencia
capaces de dar al hombre el sentimiento de seguridad que éste siempre
anhela. En realidad la existencia humana no es otra cosa que la
permanente lucha dialéctica entre el afán de seguridad y el sentimiento
del miedo. Y como en las sociedades occidentales se estimula que lo
fundamental es tener una formación académica práctica que convierta al
hombre en un instrumento del engranaje social para que sea útil,
en el
sentido de utilidad materialista, y que lo que estudia tenga salidas
profesionales, porque si no se va a morir de hambre, entonces
robotizamos a nuestros jóvenes orientándoles hacia formaciones eficaces,
que no siempre íntegras, para que no piensen demasiado y se dejen
fácilmente llevar por el sendero de hacerles sentir buenos ciudadanos y
profesionales. Personas que sólo tengan en su cabeza un concepto radical
de empirismo sin empatía anímica, unos niveles idiomáticos dignos y
envidiables y un sentido de la vida tan pragmático que de pura praxis se
han olvidado de cultivar la reflexión, el pensamiento, la búsqueda
interior connatural al ser humano y su posición en un mundo caótico que
tienen que ordenar para convivir con él. Mas el hombre no puede difundir
un orden cosmológico si previamente no gesta un orden personal íntegro
que abarque sus dimensiones física, psicológica y espiritual.
La ética, en este sentido, como incuestionable
rama de la Filosofía, es la disciplina especialmente orientada para
educar en valores, tanto individuales como socialmente cívicos, en
reflexionar en el por qué y el para qué de la necesidad de formar
axiológicamente a las personas, en ayudar a interiorizar que un valor no
es una palabra gastada con un contenido disminuido, si no que más bien
nos exige un compromiso
real que se manifiesta especialmente con nuestra
conducta fáctica, pues la intención no convierte a nadie en bueno o malo
moralmente. Sólo los hechos determinan al individuo como ser moral.
Educar en valores conlleva enseñar a que cada persona sea consciente de
la responsabilidad de sus actos, preparar al individuo a la tolerancia
en el pluralismo, luchar por conseguir y mantener una sociedad
democrática y dialogante y, sobre todo, una sociedad ética, orientar en
la construcción de personalidades autónomas que se sientan miembros de
una cultura, de una familia, de una sociedad llena de diferencias.
Sociedad en la que se respeta la libertad, se actúa desde la tolerancia,
se piensa desde la coherencia de no plantear ser el primero para no
sentirnos fracasados, sino en ser personas que entienden que la
felicidad no es adquirir falsas virtudes basadas en el puro pragmatismo
de “ si eres útil vales; de lo contrario, eres un inútil fracasado”.
Pues bien, educar desde la Ética significa ayudar a la
persona a crecer interiormente desde la honestidad y en un proyecto de
maduración individual al tiempo que nos formamos en la integridad y no
en la parcialidad de una educación con orejeras mediocre y superficial.
Y lamentablemente nuestro sistema educativo basado en magníficas teorías
pedagógicas de despacho y programas
políticos ajenos a la educación,
vienen a olvidarse de la trascendencia del hombre y fomentan a futuros
ciudadanos sin valores y sin capacidad de reflexión. Sin duda alguna
gente fácilmente domesticable que considera que tener más de dos ideas
seguidas es una rayada intelectual, una pérdida de tiempo que no vale
para nada, que reducen la vida humana a sus manifestaciones más
prosaicas y banales. En definitiva, personas que consideran que la
felicidad es fijarse demasiado en el ombligo de uno y conseguirla una
muestra ocurrente de su mezquina concepción de la utilidad aplicada a
sus campos de acción personal. Únicamente desde la Filosofía, es decir,
desde una adecuada reflexión ética que debe comenzar en unos proyectos
educativos que intenten forjar hombres libres y críticos, hombres que no
menosprecien ese conjunto de las Humanidades que durante siglos ha sido
la referencia cultural del ser humano y de sus capacidades
intelectuales, se podrá comprender que el sentido del hombre es dar a su
vida la mayor altitud posible. Dicha trascendencia obviamente va más
allá del utilitarismo
reinante y debe implicar el compromiso ético de
cada cual para no confundir formación con información, profundidad del
pensamiento con raciocinios superficiales muy prácticos por falta de
trascendencia, pero no siempre válidos para cuestionarse qué es el
hombre, quiénes somos, por qué nos sentimos vacíos como vegetales sin
fotosíntesis y cómo podemos lograr la felicidad sin fastidiar al resto
de la humanidad.
Joaquín Ossorio del Río
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